Lo primero que hacemos con una tecnología recién nacida es asociarla a toda clase de mitos y fantasías, fantasmas e ilusiones, amenazas y pesadillas, sofismas a manos llenas y expectativas desmesuradas. Pasó con los autos, en su momento. Pasó con la pintura rupestre, que cumplía una función ritual de la que hoy sería fácil reírse, si no fuera que hacemos cosas muy parecidas con los dispositivos digitales.
Pues bien, hay una forma rápida y sencilla de averiguar cuán gruesa es la pátina de pensamiento mágico que cubre una tecnología: ir al cine.
Los automóviles fabricados en serie, una tecnología que lleva entre nosotros unos 110 años, son empleados en las películas de una forma más o menos realista. Excepto, claro, en lo que concierne a las leyes de la física, que violan sin pudor, y las explosiones como de pozo petrolífero cuando una bala los alcanza, explosiones que no son estorbo para que también se los esgrima como infranqueable escudo contra munición de todo calibre.
Fuera de esto, los personajes no usan sus autos de formas ridículamente imposibles. El sujeto tiene que abrir la puerta, subirse y arrancarlo; cierto es que si lo persigue una banda de muertos vivamente hambrientos, seguro que no encuentra las llaves o el vehículo se niega a ponerse en marcha, pero esa es otra historia. Con la sola excepción del inefable KITT (o el Batimóvil), los coches no andarán por ahí solos. Tampoco volarán, marcharán a la velocidad del sonido ni, mucho menos, se los conducirá empleando exóticos controles o palancas decimonónicas.
Cierto es que durante las carreras callejeras, sobre todo si son ilegales, el conductor siempre tiene un cambio más por meter, lo que me ha hecho llegar a la conclusión de que esos coches tienen una caja de 130 velocidades, más o menos; sin contar la marcha atrás. Pero bueno, es la magia del cine.
Tampoco negaré, porque es público y notorio, que si cualquier buen auto de verdad cayera siete metros desde una autopista durante una alocada persecución, se haría puré, lo mismo que sus ocupantes, mientras que en el cine el individuo que lo conduce no sólo sigue adelante como si el tren delantero fuera un mito urbano, no sólo salva su columna vertebral de la fractura múltiple, no sólo tiene tiempo de maldecir y disparar por la luneta trasera, sino que en ese momento le suena el celular y, como si nada, lo saca del bolsillo de la camisa y contesta. En el mundo real ese móvil habría ido a parar al techo de la cabina de peaje, metros más, metros menos.
Pero como en general ni tiroteamos coches ni nos arrojamos de autopistas, un siglo entre nosotros le garantiza al auto una verosimilitud cinematográfica de la que las computadoras, los celulares y demás dispositivos digitales carecen casi por entero. Observe.
* No me quejaré de que las baterías de los celulares o nunca se agotan o lo hacen justo cuando al guionista le conviene. No. Es peor. En las películas el móvil del protagonista se puede cargar con cualquier cargador que encuentre por ahí. "¡Oye, préstame eso, amigo!", exclama el personaje, sin que un conector incompatible o una potencia inadecuada sean un obstáculo.
* Notebooks. ¡Ay, las notebooks! Ya he señalado en otro lugar ( www.lanacion.com.ar/923599 ) algunas de las características insólitas que se les otorga en el cine. Pero hay más. Por ejemplo, el policía de civil vuelve a su no menos encubierto coche, que dejó durante dos horas estacionado sin llave en un barrio de censurable reputación. Toma una notebook que hay en el asiento del acompañante. La abre y, sin esperar nada, mete un CD y 8 millonésimas de segundo después está viendo un video que hay en el disco. En Full HD. Dejemos de lado que ese modelo de notebook jamás podría arrancar tan rápido. Supongamos que la dejó encendida. Dejemos de lado también que justo tuvo los códecs necesarios para ver ese video y que, además, haya configurado todo para que la reproducción sea siempre Full HD a pantalla completa. Pero, pregunto, ¡cómo no le robaron la notebook del auto!
* Supercomputadoras del futuro, las amo. Siempre tienen esa voz femenina tan innecesariamente provocativa (gracias, Kubrick, por HAL 9000) y sus circuitos están refrigerados por nitrógeno líquido. Hasta ahí vamos más o menos bien. Seguramente encontraremos pronto la forma de hacer andar los chips a velocidades desenfadadas y a temperatura ambiente, pero bueno, el clima manda; quiero decir, el clima de la película. Lo que me fascina es que el nitrógeno líquido está invariablemente en una piscina donde, más tarde o más temprano, algún pobre infeliz termina cayéndose, con las consecuencias previsibles. Pero espere, tampoco les critico esa licencia. Mi pregunta es otra: ¿todo ese nitrógeno líquido evaporándose en un espacio cerrado durante un viaje espacial de meses? El malhadado buceador caería redondo por asfixia o anestesiado mucho antes de alcanzar el borde del gélido natatorio.
* Bueno, pero son supercomputadoras. Y del futuro. Si las fantasías emperifollan hasta el garabato los equipos contemporáneos, ¡qué no harán con las del mañana! Así que las dejaré en paz... No, un momento, hay una cosita más. Desde hace unos años todas las pantallas del futuro son transparentes. Imagínese trabajar en una hoja de cálculo mientras las fórmulas se confunden con el Facebook de la persona que tenemos enfrente. ¡Superútil!
* Mejor volvamos al presente. Me encantaría saber, por ejemplo, que pasó con el mouse. O el touchpad. Está bien, concedido, es un detalle y hace perder un tiempo precioso. Así que los personajes hacen todo tipeando como poseídos. ¿Pero alguna vez miraron qué es lo que están tipeando? Ese es el problema. El sujeto es capaz, usando sólo el teclado y sin despegar los ojos del monitor, de entrar en una base de datos ultrasecreta del gobierno de los Estados Unidos, hacer una consulta SQL, abrir ficheros, desplegar fotos, entrar en un registro bancario y cambiarlo, detener el lanzamiento de un misil nuclear, sacar turno con el dentista y apagar de forma remota el motor del auto en el que viaja el dignatario internacional. OK, podría ser, si no estuvieran escribiendo otra cosa que gfghsdyftsduijjdjsdo una y otra vez.
* Una cosa es segura en el cine. Si el sujeto tiene algo que ver con el bajo mundo informático, usará varias pantallas. Y, desde luego, se comunicará con sus máquinas por comandos de voz. No voy a exagerar con el realismo, después de todo es entertainment, y varias pantallas suelen ser útiles en muchos contextos. ¡Pero entonces por qué el villano se pone a tipear como loco cuando viene la parte de suspenso!
* El ruido del tipeo es, además, el de un teclado IBM de 1983. No importa que estén usando una notebook, una Mac o un cajero automático.
* Si es un sujeto muy pero muy inteligente tendrá una interfaz de usuario 3D inmersiva. Lógico. El resto de nosotros jamás podría usar algo así.
* Entiendo que hacer una película de esas carísimas es, bueno, carísimo. Así que una ayudita no viene nada mal. Pero queda bastante obvio, y es muy anticlimático, que las 125 computadoras del centro de comando y control tengan el logotipo de algún bien conocido fabricante de PC, ostensible y lustrado como a nuevo; no contento con esto, que a uno lo hace sentir en el local de un minorista del rubro, el director se ocupa de que la marca aparezca en el área destacada del plano cinco veces por minuto. O seis.
* Otra cosa disparatada. La computadora se cuelga y arde Troya: la central nuclear colapsa, la nave espacial se precipita a la Tierra, los ascensores se detienen, se corta la luz en el quirófano, la represa abre sus compuertas sobre un humilde pueblito de montaña, etcétera. ¿Tampoco conocen en Hollywood el botón de Reset? Peor, y como si no fuera una experiencia harto común a estas alturas, los personajes se toman de la cabeza, vociferan desesperados y uno exhorta al operador: "¡Haz algo pronto, Willy!" ¡Sí, que apriete Reset!
* No quiero sonar como un aguafiestas, de verdad, ¿pero cómo es que los narcotraficantes siempre tienen en el cuarto de dormir sus delictuosos registros financieros guardados en una cajita de diskettes (o CD) al lado de una PC siempre encendida, listos para que el osado agente de la DEA extraiga toda la información? Muy bien, todo esto lo aceptaría gustoso, si no fuera 1 millón de veces más sencillo (y saludable) robarse la cajita de diskettes (o CD), en lugar de arriesgar la vida probándolos in situ mientras los guardias armados hasta los dientes lo buscan por toda la casa. Eso, después de haber acertado la contraseña en un par de intentos.
* Dicho de paso, adivinar contraseñas es posible. Pero no aumenta la tasa de sudoración del organismo humano.
* Los GPS del cine son una delicia. Sobre todo, esa simpática pelotita roja que señala, rebotando, la posición del vehículo que están persiguiendo. Con un bip-bip. Mención de honor, por la excepción y el realismo, para el peliculón No country for old men (Sin lugar para los débiles), que demuestra que se puede hacer cine bueno y mostrar tecnología sin caer en la caricatura.
* Otra cosa: uno sufre con lo que le hacen a los celulares para evitar el rastreo o la grabación de video y sonido o ambas cosas. Se los parte en dos. Se los estrella contra el piso. Se los pisotea con saña. Se los arroja al fuego (no haga nunca esto en casa). Tal vez no tendría el mismo impacto, pero alcanzaría con apagarlos. A lo sumo sacarles la batería. ¿No llegó el Modo Avión a Hollywood todavía?
* Las computadoras extraterrestres son, para empezar, extraterrestres; además de esto, que ya sería bastante obstáculo, emplean una escritura incomprensible (siempre emparentada con el sumerio, no sé si notaron, nunca con el árabe o el vietnamita). No obstante, y fieles al estilo mencionado más arriba, sólo tienen teclado. Un teclado horrible, además. Parece que una interfaz apta para sentidos y extremidades diferentes de las nuestras está fuera de discusión; después de todo, ¡es cine para humanos! Así que está todo bien. Pero lo que me mata es que el héroe logra entrar en el sistema, entender la interfaz de usuario (medio verdosa, en general) y hackear el mainframe alienígena sin mayor sobresalto. Justo él, que tuvo que hacer un curso de dos meses para aprender a usar la Palm.
* Recuadrito: no se entra en los archivos secretos del Pentágono (o en la red corporativa de Google, para el caso) escribiendo una sola contraseña, muchachos. Por favor.
* Ley de hierro del cine. Toda persona, incluso bajo los efectos del alcohol, comprenderá cómo se usa el control remoto de una casa inteligente en algo así como 9 milisegundos (para luego ponerse a tontear con las luces y la música, por supuesto). Debo ser medio lelo, porque a mí me lleva entre 10 y 15 minutos entender el control de una tele nueva, y varios meses para dejar de confundirme con los botones del remoto anterior.
* Los virus son lo mejor del cine. Sería demasiado fácil meterse aquí con ellos. El héroe los usará para cualquier misión imposible, incluido desactivar el escudo de una nave extraterrestre (ya saben de qué hablo). Así que no me extenderé. Ahora, si no es molestia, ¿es necesario que cuando un virus se activa haga titilar la pantalla del sistema comprometido, produciendo unos ruiditos como de estática? ¿Tienen idea de la cantidad de código innecesario que eso agregaría? En fin, me quedo con la calavera risueña, la verdad.
* Otra cosita: los virus no gritan cuando se los destruye. Ni por asomo, para ponerlo delicadamente.
* Sé que hice una promesa, pero no lo puedo evitar. La nave espacial futurista lo tiene todo, ¡hasta pantallas de rayos catódicos con algo parecido al DOS 3.2 y gráficos de Flight Simulator 1.0!
* La última, para los colegas. Los periodistas del siglo XXI usan smartphone, MacBook Air, teléfono satelital, hacen complejas pesquisas por Internet (usan Google, bah) y tienen un blog. Pero cierran la edición del día con un WordPerfect de 1985. No podés.


